Historia de un Babuino

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February 17, 2012 at 4:11pm
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Extrañando Damasco

La primera vez que fui a pasar una temporada larga en Siria fue entre 1993 y 1994, de esos años tengo tres grandes recuerdos: las tensiones entre Damasco, Jerusalén y Beirut eran fuertes; después de la muerte de Basil al-Assad en un accidente de coche, las calles se llenaron de gente que, con su imagen en estandartes, lloraban al hijo heredero; y, donde algún día estuvo Yugoslavia, Serbios, Montenegrinos, Croatas y Bosnios bañaban los Balcanes en sangre. En Damasco, veíamos horrorizados las portadas del Time y Newsweek mostrando un conflicto que duró demasiados años antes que a la comunidad internacional se le ocurriera reaccionar. 

De 1991 a 1995 murieron más de 90’000 personas en los Balcanes, en Siria en 11 meses suman 6’000 los muertos, las cosas no van por un camino muy distinto.

No resultará difícil encontrar textos sobre lo que ocurre en Siria, de un movimiento pacífico pasamos a una guerra civil, Terán y Moscú están implicados y se transformaron en corresponsables, Israel ve con prudencia lo que pasa y el Hezbollah juega sus cartas con extrema inteligencia. No quiero entrar a un recuento de hechos y explicar los posibles escenarios, otros lo hacen mejor que yo, además no puedo, en Damasco, Homs y Aleppo está mi familia, mi casa, mis recuerdos y herencia, el análisis frío tiende a olvidar el nombre de los muertos.

De marzo a agosto, cuando empezaron las revueltas, estuve en contacto con algunos de los entonces pequeños grupos de críticos al régimen, en varias ocasiones me enviaron pedazos de vídeos para editarlos, subtitularlos y luego subirlos a internet. Esos meses estaba emocionado, nadie se imaginaba cuánto iba a durar esto ni el rumbo que se tomaría. Cuando en las imágenes identificaba un barrio, el orgullo lejano del que ve levantarse a los que se hacen cercanos provocaba una sonrisa nerviosa. Luego, hace pocas semanas, una bomba estalló en Hamra street, en la calle del departamento que tenemos en la familia desde hace más de sesenta años, en la televisión vi la ventana del que fue mi cuarto, entonces la garganta se me cerró y desde ese día sostengo la respiración en silencio cada que alguien cuenta las víctimas diarias.

Esos 6’000 muertos tuvieron que ser levantados y contados por alguien, por sus madres y hermanos, por fuerzas del estado, por hijos. Resulta imposible imaginarse el olor del dolor en una calle llena de cuerpos, pero entre las lágrimas del que levanta a su vecino en la plaza central de Homs, se toma fuerza. Desde occidente vemos la muerte con otros ojos.

Son muchas las razones por las que nadie quiera la intervención internacional que por causas obvias no ocurrirá tan fácil. Tampoco será complicado localizar los textos que explican la situación geopolítica que impide esto.

Muchos años después de mi primer temporada en Siria, volví a Damasco y fui con quien era mi pareja a una mezquita chiíta, íbamos a filmar usos y costumbres religiosos, nos tuvimos que separar y ella con una pequeña cámara en mano, entró a la sección para mujeres donde las musulmanas se quitaban el velo para rezar, no pasó mucho tiempo para que la sacaran a gritos, habíamos transgredido otra cosa que desde occidente no compartimos pero tampoco entendemos.

En el camino de salida de la mezquita, nos detuvimos frente a unos muros en los que la gente colocaba fotos y consignas contra occidente y sus aliados, al acercarnos el espectáculo era escalofriante, fotos de niños muertos con los ojos abiertos, sus madres cargándolos en brazos, imágenes de cuerpos envueltos en sabanas blancas alineados en el suelo de tierra, junto a ellos, Kalashnikovs cargados y sin dueño.

Es indudable el camino que los levantamientos han tomado en Siria, el régimen indefendible caerá eventualmente, no hay forma que se sostenga porque incluso los al-Assad mueren. La gente en las calles no regresará a sus casas, porque ese muerto que se tuvo que recoger en la puerta de un edificio, permite que el dolor desaparezca con el miedo. El miedo funciona distinto en occidente que en los países del levante, no se trata de entender el grado de desesperación que hace salir a las plazas a sabiendas que es posible no se regrese - no están desesperados, son pacientes -, sino de ver que cada masacre sólo provoca que otros tantos se sumen para terminar con la pesadilla que se ha vuelto ese país que vio el nacimiento de las civilizaciones. No es posible que los ataques sistemáticos eliminen a la población cansada de la dictadura, porque como pasaba con las imágenes de los muertos fuera de la mezquita chiíta, su partida sólo recrudece el sentimiento de rechazo y permite que otros se alcen.

El tiempo de no sectarizar los conflictos pasó hace unos meses, no veo a nada en el mundo con más miedo, descubro el verdadero significado del pánico cuando imagino una Siria en la que que shi’as, sunnis, alawitas y cristianos ya no toman juntos el café de la mañana. Es innegable que las posiciones religiosas jugarán un papel cada día más definitorio en el desenlace de Siria y cuando hablamos de países en los que la religión se puede tomar muy en serio, los que nos mantenemos al margen de las creencias tardamos en comprender todos los motivos que tienen otras sociedades para seguir actuando.

La reciente condena de Naciones Unidas significa poco, si bien el asunto es mucho más complejo también puede ser el entender que a cada día que pasa, repito, sabiendo que es muy posible que no regresen a casa, más y más personas de todas la edades saldrán a la calle hasta que caiga el sistema Assad, porque todo el que está en Douma, Hamra, Homs, Cham, Idlib, Aleppo y otros tantos lugares, sabe que cuando un soldado dispara contra un civil, otro soldado lo verá a los ojos y desertará. Esa es la esperanza que, cargada de tristeza y fuerza, llevan a sus espaldas.

La comunicación con Siria se ha complicado semana tras semana, parte de mi familia sigue en Damasco, parte se fue a Sednaya, a las afueras de la capital. Tengo claro que no volveré a pisar el país hasta que esto termine, y cuando vuelva no se en qué condiciones encontraré la casa de mi madre, el departamento de la familia, el puesto de shawerma que me gustaba, o qué amigos seguirán ahí; algunos son jóvenes en contra del régimen, otros alawitas que probablemente serán perseguidos como si la dictadura fuera impuesta por un grupo religioso, no por una familia que pertenece a esa vertiente.

Como cuando veía las portadas con las atrocidades de Milošević, ahora lo hago con las de los al-Assad, sólo que las imágenes de Siria son mías. Es obvio que como especie no hemos aprendido nada, no lo logramos hacer cuando hablamos de estas cosas.

Notes

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